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10/6/2016  
El Imam Sajjad y la cultura de adoración (con motivo del aniversario de su martirio)
 

El Imam Sajjad y la cultura de adoración (con motivo del aniversario de su martirio)

Después del martirio del Imam Husain (la paz sea con él), y de sus inmaculados compañeros, la familia de aquel Hazrat fue tomada prisionera y llevada en condiciones penosas al castillo de Ibn Ziyad, en Kufa.
Ibn Ziyad se dirigió al Imam Sajjad (la paz sea con él) quien aún estaba enfermo y le preguntó: "¿Cómo te llamas?"
El Imam contestó: "Soy Ali Ibn Al Husain"
Ibn Ziyad interrogó sorprendido: “¡Es que ¿Dios no mató a Ali Ibn Al Husain?!”
El Imam respondió: “Tuve un hermano de nombre Ali, a quien la gente mató”.
Ibn Ziyad exclamó: “¡No, Dios lo mató!”
Entonces el Imam dijo: “Dios llama a las almas cuando mueren y nadie muere si Dios no lo quiere”.
Ibn Ziyad enfurecido gritó: “¡Cómo te atreves a contradecirme!” y, seguidamente, ordenó decapitar aI Imam.
En ese momento, la Hazrat Zainab, hermana del Imam Husain, se levantó para protestar y defender a su sobrino.
El Imam pidió a su tía que guardase silencio y luego dijo: “¡Oh, hijo de Ziyad! ¡Tratas de amenazarme? Es que no sabes que ya estamos acostumbrados a que nos maten y haz de saber que el martirio es un honor para nosotros”.
Hoy es el aniversario del maritirio del Imam Ali Ibin Husein cuyo título era “Sajjad” (el que se prosterna con frecuencia), el único hijo varón del Imam Husain que sobrevivió a la tragedia de Karbala. Con motivo de esta conmemoración, expresamos nuestras condolencias a todos los musulmanes del mundo y los invitamos a escuchar un programa especial sobre aquel Santo.
Al igual que su padre y sus antepasdos, el Imam Sajjad también disfrutaba de muchas virtudes y conocimientos científicos. Ante la gente de Kufa, se presentó así: “Yo soy hijo de La Meca y Mina, hijo del manantial de Zam-Zam y del monte de Safa, yo soy hijo de aquel magnificente (el Profeta) que levantó la Piedra Negra –Hayar-ul-Asuad- con su capa. Yo soy hijo de Ali quien no se descanso en su combate contra los politeístas hasta que éstos acabaron confesando “no hay más Dios que Dios”. Yo soy hijo de Fatimah Zahra, yo soy hijo de Jadiyah Kobra, yo soy hijo de aquél que fue ahogado en su propia sangre y lo degollaron. Yo soy hijo de aquel hombre sediento que fue asesinado en la tierra de Karbala y a quien le robaron el turbante y la capa mientras lloraban los ángeles del cielo. Yo soy hijo de aquel hombre cuya cabeza la colocaron en la bayoneta y tomaron prisionera a su familia llevándola a Sham (Siria actual)”.
Después del martirio del Imam Husain y de sus compañeros, difíciles condiciones se impusieron en la sociedad. En esa época tan oscura, el Imam Sajjad tenía que evitar una caída definitiva del Islam. Él sabía que el martirio de su padre no lo provocó sólo el régimen de Yazid y su tropa bien equipada, sino también la ignorancia y negligencia del pueblo.

Tras el fallecimiento del Profeta Muhammad (bendiciones de Dios para él y sus descendientes), el gobierno de los Omeyas hizo rencorosamente todo lo posible para desalojar a la familia de la casa profetica todos los escenarios políticos y sociales. Ese esfuerzo tuvo como consecuencia la promoción de la ignorancia e ideas retrógradas en la sociedad de aquel tiempo.
Bajo esas condiciones represivas, el Imam Sajjad decidió iniciar un gran movimiento con una revolución cultural para llevar a la sociedad hacia la paz y la calma. Cumplió esta tarea valiéndose de súplicas y adoración.
No cabe duda de que suplicar no significa una simple adoración, sino que con esta práctica, de hecho, una luz emana del espíritu del adorador constituyéndose en la más poderosa energía que una persona puede producir.
Con el lenguaje de adoración, el Imam Sajjad promovió la cultura de construcción de hombres a fin de elevar el coeficiente de la seguridad psicológica y social para así contribuir a incrementar la salud en la sociedad.
En sus súplicas recogidas en su obra enterna “Sahifatus Sayyadiiah”, el cuarto de los Inmaculados Imames primeramente presenta el modelo de un hombre perfecto. Por eso, la mayoría de sus súplicas empiezan dando saludos al gran Profeta del Islam y a sus descendientes que eran hombres perfectos.
El Imam Sajjad luego llama la atención de los hombres hacia la característica oculta en sus almas, que consiste en el sentimiento de búsqueda de Dios. El Imam creía que si la gente aprovechaba la fuerza que da la fe en Dios, se mantendría alejada de dudas, disfrutaría de una plena resistencia y no se vería afectada por debilidades.
Con el recuerdo de Dios, el ser humano puede proteger su alma contra la tormenta de sucesos y quedar inmune de muchos de los daños psíquicos como el miedo y la aceptación de la humillación.
En su cultura de educación, el Imam Sajjad en primer lugar reprocha al mundo terrenal por los daños que implica, y luego pide a Dios que haga del mundo un lugar donde pueda adorarlo y servirle.
Tanto es así que en la súplica 47 de su obra “Sahifatus Sayyadiiah”, dice: “¡Oh Dios! Quítame del corazón el amor por este mundo humilde que me impide obtener la felicidad y acercarme a ti”.
Y en la súplica 20 dice: ¡Oh Dios!, hazme independiente y bendíceme con Tu Providencia abundantemente y soluciona aquellos asuntos de mi vida que me quitan la oportunidad de hablar contigo”.
La naturaleza del hombre es de tal manera que por enfocarse demasiado en algo especial, olvida otros asuntos de su vida, conllevándolo a desperdiciar oportunidades y conduciéndolo a la desviación. En muchas súplicas, el Imam Sajjad se refiere a casos de negliencia como: olvidarse de sí mismo, descuidar las funciones, olvidar la vida después de la muerte, y olvidar a Dios y sus dones.
Para finalizar hay que decir que el Imam Sajjad instruye al hombre de tal manera que pueda regular su relación consigo mismo, con la sociedad, con la naturtaleza y con Dios creando una cordinación en estos terrenos. Una vez creada esta concordia, una calma interna se establece en el hombre, y éste cede a la voluntad divina respect a la visión y a la manera de vivir obteniendo una vida significativa y feliz en la que al mismo tiempo disfrute de un placer espiritual.

 
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